LITURGIA

Liturgia

 

Se llama liturgia al culto público de la Iglesia, efectuado como Iglesia, en nombre de la Iglesia y en comunión con la Iglesia. Este incluye ritos y ceremonias con que expresamos el culto a Dios. La liturgia principal es la Santa Misa.

 

«A través de los signos sacramentales bebemos de las fuentes de la salvación para ser plasmados y transformados hasta conformar nuestra vida con la de Cristo» Cardenal Sodano.

 

El Equipo de Liturgia

 

Anteriormente no era necesario un equipo de liturgia, pues que el sacerdote y el sacristán preparaban todo. Ahora es un grupo el que asume la tarea de preparar y animar cada celebración.

 

En la parroquia, el equipo de liturgia es asesorado por los sacerdotes de la parroquia y está integrado por:

– Ministros extraordinarios de la comunión,

– Proclamadores de la Palabra,

– Coros,

– Servidores del altar (monaguillos), y

– Sacristán.

 

Sitios de interés donde podrás consultar y profundizar tu formación litúrgica:

 

Lectura dominical – Ciclos A, B y C

 

Lecturas de la liturgia –Id y Enseñad. Revista trimestral con toda la liturgia del día. Versión para descargar en PDF. Conferencia Episcopal de Guatemala.

 

Archimadrid.es

 

EWTN

 

Evangeliodeldia.org

 

Misas.org – Ordinario de la misa bilingüe y en otros idiomas.

 

Liturgia de la Horas

 

Recursos para el tiempo litúrgico

 

Calendario Litúrgico: ACI Digital

 

El Evangelio de hoy

 

Lectio divina

 

Ejercicios Espirituales de san Ignacio

 

El año litúrgico en diapositivas

¿Qué es el equipo de animación litúrgica?

 

Es un grupo de personas que asumen con responsabilidad algunos ministerios o funciones en las celebraciones litúrgicas y dedican una parte de su tiempo a reunirse periódicamente para prepararlas y, luego, las animan con su servicio para que la asamblea, reunida en el nombre del Señor, participe consciente, activa y fructuosamente en el misterio pascual de Cristo que se celebra.

 

La experiencia de estos últimos años enseña que la calidad de la participación y el fruto espiritual dependen en gran parte de la preparación y animación de las acciones litúrgicas. Sin la presencia y la actuación del equipo, la participación activa decae y la rutina se apodera de la asamblea.

 

Finalidad del equipo litúrgico

 

Su objetivo principal es conseguir que la comunidad católica viva intensamente el espíritu litúrgico. Los miembros del equipo litúrgico son levadura cuando dan testimonio de fe con su vida, cuando preparan y revisan a conciencia las celebraciones, cuando se capacitan doctrinal, pastoral y técnicamente y cuando animan las acciones litúrgicas con su presencia participativa.

 

Un equipo de liturgia puede llegar a ser un auténtico motor de la celebración de la comunidad. Y eso, gracias a que la imagen de Iglesia se entiende a sí misma como más corresponsable de la propia vida litúrgica, basándose en la dignidad de todos los laicos, en razón de su sacerdocio bautismal.

 

El equipo que se ocupa de esta tarea de la preparación y animación de las celebraciones es idealmente un grupo variado, rico, representativo de lo que es la comunidad: ministros ordenados, religiosos y religiosas, y laicos, mayores y jóvenes.

 

Un equipo de liturgia que se reúne y que prepara la celebración, no es para “hacerla bonita”, ni para lucirse. La razón es más profunda, es la que debe dar sentido a todas las demás, es el deseo de servir, de ayudar a la comunidad a que pueda rezar mejor y celebrar más consciente y profundamente la Eucaristía.

 

¿Qué personas forman el equipo de animación?

 

El equipo litúrgico de una comunidad está formado por las personas que se responsabilizan de una forma u otra de los diversos ministerios o funciones que se realizan en las celebraciones y también de otras, que sin ejercer ninguna función en las celebraciones, están interesadas de formar parte de grupo.

 

1. Es deseable y necesario que un ministro ordenado se haga cargo del equipo litúrgico y sea él el responsable de su organización, funcionamiento y formación. Su presencia es una garantía de perseverancia y de unidad de criterios. El ideal es que el presidente de cada celebración esté presente cuando el grupo se reúne y prepara las acciones litúrgicas. El presidente de la celebración es quien anima y coordina los diversos ministerios y funciones en bien de una plena, activa y fructuosa participación por parte de la asamblea litúrgica.

 

2. Algunas comunidades gozan del privilegio de la presencia de un diácono. En este caso, él se puede responsabilizar, como ministro ordenado, del grupo y ejercer la diafonía, además de las obras sociales o de caridad de la comunidad, en las celebraciones litúrgicas. El incluso preside la asamblea en algunos casos.

 

3. Los ministros instituidos son los que la Iglesia reconoce oficialmente como lectores y acólitos para ejercer el servicio de la Palabra, del altar y ser ministros extraordinarios de la comunión.

 

4. Las personas laicas que en la celebración litúrgica ejercen alguna función de una forma estable u ocasional. Estas funciones se pueden clasificar de la siguiente manera:

a. los que están al servicio a la asamblea: los que atienden a la acogida y orden en la iglesia; el monitor o comentador; el sacristán o las personas que asumen esta importante tarea.

b. los que están al servicio de la Palabra de Dios: el lector, no instituido; el salmista; el que formula las intenciones de la oración de los fieles.

c. los que están al servicio del altar y del ministro ordenado: el acólito o monaguillo; el maestro de ceremonias; el que está autorizado para distribuir la Eucaristía.

d. los que están al servicio del canto y de la música: los cantores y la schola; el director del canto de la asamblea; el organista y restantes músicos.

e. Los que están al servicio de otras funciones en casos especiales: los padrinos (bautismo, confirmación); los testigos.

 

El equipo litúrgico debe permanecer siempre abierto y acogedor a las personas de la comunidad que desean ejercer una función y sea reconocida su capacidad para ejercerla, o a las que quieren participar en las reuniones para su formación sin pretender ejercer ninguna función en las celebraciones. El grupo nunca puede estar cerrado, en dicho caso su funcionamiento será muy limitado. Tampoco el grupo debe monopolizar la marcha de la liturgia en la comunidad.

 

El ministro extraordinario de la comunión

 

Bajo ciertas condiciones, la Iglesia autoriza a que distribuyan la comunión personas que no son sacerdotes.

 

De acuerdo con el canon 910 § 1, son ministros ordinarios de la comunión el obispo, el presbítero y el diácono. Además, el Código de Derecho Canónico de 1983 introduce un concepto, novedoso respecto al Código de 1917, y es el de ministro extraordinario. Esta figura fue introducida con motivo de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II en 1973, mediante la Instrucción Immensae caritatis de la Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, de 29 de enero de 1973 (AAS 65 (1973) 265-266). Actualmente está recogida en el canon 910 §2. Es ministro extraordinario de la sagrada comunión el acólito, o también otro fiel designado según el c. 230 § 3.

 

A su vez, el canon 230 § 3 indica lo siguiente: Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores, ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada comunión, según las prescripciones del derecho.

 

Por lo tanto, de modo ordinario pueden administrar la comunión exclusivamente los clérigos indicados. Puede haber ministros extraordinarios de la comunión; para que éstos ejerzan tal función, el derecho requiere dos requisitos:

1º La necesidad de la Iglesia. El canon 230 § 3 habla de necesidad, no de utilidad de otro tipo. A modo de ejemplo sería necesidad que no se pueda atender a todos los fieles que piden la comunión, de modo que la Misa se alargaría excesivamente. No se refiere por lo tanto a otros criterios, como son la mayor solemnidad de la ceremonia, o la celebración particular de un grupo de personas.

2º No haya ministros. No es el caso previsto de ministros que pueden atender al ministerio de la comunión, sino el caso de las comuniones a los enfermos.

 

El ministro extraordinario debe ser un acólito u otro laico. El acólito está brevemente descrito en el canon 230 § 1. Su mención en el canon 910 no significa que pueda dar la comunión casi como ministro ordinario, sino que, si se cumplen los requisitos previstos, y está presente un acólito, se le debe preferir a otros laicos.

 

Además, de acuerdo con la Instrucción Immensae caritatis, el laico designado para administrar la comunión puede ser ad tempus o ad actum, o si fuera verdaderamente necesario, de modo estable. La designación la hace el Ordinario, el cual puede delegar en ciertas autoridades.

 

El proclamador de la Palabra

 

Uno de los ministerios litúrgicos más importantes que se puede ejercitar en la celebración es el de proclamar las lecturas. Junto con el salmista y el predicador de la homilía, el lector ayuda a la comunidad cristiana a escuchar en las mejores condiciones posibles la Palabra de Dios y acogerla como dicha hoy y aquí para cada uno de los creyentes.

 

No es fácil leer. Leer bien es re-crear, dar vida a un texto, dar voz a un autor. Es transmitir a la comunidad de los fieles lo que Dios les quiere decir hoy, aunque el texto pertenezca a los libros antiguos. Leer es pronunciar palabras, pero sobre todo decir un mensaje vivo.

 

Más que “leer”, se trata de “proclamar” expresivamente la Palabra. Pro-clamar es pronunciar, promulgar delante de la asamblea que escucha. No es mera lectura personal, o información, o clase. Es un ministerio que se realiza dentro de una celebración, y el mismo hecho de leer en público para esta comunidad de creyentes es todo un gesto de culto, un servicio litúrgico, realizado con fe y desde la fe.

 

Una de las primeras condiciones de un buen lector es que recuerde que en este ministerio él es simplemente -y nada menos- un mediador entre el Dios que dirige su Palabra y la comunidad cristiana que la escucha y la hace suya. Lo que él trasmite a sus hermanos no es palabra suya ni tampoco de la Iglesia, sino de Dios.

 

El coro

 

“La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne… La Música Sacra, Por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente se halle unida a la acción litúrgica…Además, la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico, siempre que estén adornadas con las debidas cualidades.” (SC 112)

 

“La acción litúrgica reviste una forma más noble cuando los oficios divinos se celebran solemnemente con canto y cuando en ellos intervienen los ministros sagrados y el pueblo también participa activamente.” (SC 113)

 

El canto es una realidad religiosa en toda la Biblia y, particularmente en todo los Evangelios. El propio Señor acudía a la sinagoga según su costumbre (cf. Lc 4, 16) y allí tomaba parte en el canto de los salmos. En la Última Cena cantó los himnos del rito pascual (cf. Mt 26, 30).

 

A comienzos del siglo II los cristianos se reunían antes del amanecer “para cantar un himno a Cristo, como a un dios” (cf. Plinio, El joven, Ep. X, 96,7). En la época patrística los testimonios sobre el canto litúrgico se multiplican. He aquí un ejemplo significativo: «Cuando siento que aquellos textos sagrados, cantados así, constituyen un estímulo más fervoroso y ardiente de piedra para nuestro espíritu que si no se cantaran. Todos los sentimientos de nuestro espíritu, en su variada gama de matices, hallan en la voz y en el canto de sus propias correspondencias o modos. Excitan estos sentimientos con una afinidad que voy calificar de misteriosa» (cf. S. Agustín, Confes. X, 33,49).

 

Sin embargo no todos los Santos Padres fueron unos entusiastas del canto en la liturgia. Algunos como San Juan Crisóstomo, fueron muy críticos, por entender que la música era un factor de dispersión y un halago de los sentidos. En la Edad Media Santo Tomás se muestra un tanto cohibido al defender el canto litúrgico (cf. S Th II-II, q. 91, a.2). Estas actitudes manifiestan que en la Iglesia siempre ha existido una preocupación muy grande por el carácter auténticamente religioso y litúrgico del canto y de la música en el interior de las celebraciones.

 

Los últimos y más notables ejemplos son el motu propio Tra le Sollecitudini de San Pío X (22-XII-1903), la encíclica Musicae Sacrae disciplina de Pío XII (25-XII-1955), la instrucción sobre la Música Sagrada de la Sagrada Congregación: (3-IX-1958) y la Constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II (4-XIl-1963), que dedica el capítulo VI a la música. Este documento significa la culminación de todo un movimiento de restauración del canto gregoriano y de renovación del canto popular religioso.

 

Después del Vaticano II se produjo el fenómeno de la proliferación de una música muy difícil de enjuiciar todavía desde el punto de vista de los criterios litúrgicos y pastorales del canto y de la renovación en la liturgia. Entre los documentos postconciliares dedicados a la renovación de la liturgia hay que citar la Instrucción Músicam Sacram del 5-III-1967, siendo muy numerosos los que se han ocupado del canto y de la música de una manera puntual.

 

Función ministerial del coro

 

El coro es ministerialmente un elemento importante para la participación litúrgica en general y para el canto del pueblo en concreto. Todo depende de que se plantee bien su función. No se trata de un coro que suplica o suplante el canto del pueblo asumiendo en solitario las funciones que corresponde a la asamblea. Pero sí de un coro que enriquezca el canto del pueblo que, creando espacios de descanso, fomente la contemplación del ministerio, que ayude a dar un color más propio a cada una de las celebraciones y que finalmente anime el canto de toda la asamblea. Entonces, ¿cuáles serán las facetas del coro?

– Enriquecer el canto del pueblo (con facilidad).

– Crear espacios de descanso que fomenten la contemplación (el silencio es la llave para la escucha de la voz del Señor).

– Dar un colorido más propio a cada una de las celebraciones del año litúrgico.

– Animar el canto de la asamblea.

 

El salmista

 

El salmista había sido un personaje entrañable en los primeros siglos. Se apreciaba su arte musical, hecho de técnica y de fe. Cantilando las estrofas del salmo, para que la comunidad intercalara a cada una su respuesta cantaba, creaba un clima de serena profundización. El Papa San Dámaso habla del “placidum modulamen” del salmista en sus misas; una modulación plácida que infundió serenidad y contribuían a que fueran penetrando los sentimientos del salmo en los espíritus de los fieles.

 

Hoy se quiere recuperar este ministerio. El salmista es guía y maestro de oración poética y cantada. Un buen salmista canta desde dentro (desde la fe): “…Al salmista corresponde proclamar el salmo u otro canto bíblico interleccional. Para cumplir bien con este oficio, es preciso que el salmista posea el arte de salmodiar y tenga dotes para emitir bien y pronunciar, con claridad…” (I.G.M.R. 67). En esta cita observamos que el ministerio de salmista es un muy especial y requiere preparación.

 

Podemos afirmar que el salmista es uno de los ministerios más ricos, pues es desde la liturgia donde Cristo se hace presente como cabeza de su Cuerpo, Mediador entre Dios y los hombres, y con nosotros canta las alabanzas a “nuestro” Padre.

 

Servidores del altar (monaguillos)

 

Los servidores del altar, llamados comúnmente monaguillos, desempeñan una función litúrgica importante para el decoro y participación de la comunidad reunida para celebrar la Eucaristía y los sacramentos. La preparación de los niños y adolescentes que sirven a Jesús en el Altar es de suma importancia.

 

Los acólitos son ministros, niños o jóvenes, que asisten al celebrante principal, en todas las celebraciones litúrgicas y procesiones. Los monaguillos, como eran llamados anteriormente, desempeñan diversas funciones en el altar con el objeto de ayudar al orden y belleza litúrgica, además de incentivar la participación, la devoción y el recogimiento de los fieles. “El acólito ocupa un lugar privilegiado en las celebraciones litúrgicas. Quien sirve en la Misa, se presenta a una comunidad. Experimenta de cerca que en cada acto litúrgico Jesucristo está presente y obrante. Jesús está presente cuando la comunidad se reúne para orar y dar gloria a Dios. Jesús está presente en las palabras de las Sagradas Escrituras. Jesús está presente sobre todo en la Eucaristía en los signos de pan y del vino. Él actúa por medio del sacerdote que in persona Christi celebra la Santa Misa y administra los Sacramentos” (Juan Pablo II, 02 de agosto de 2001 – milésima audiencia general).

 

El ‘grupo de acólitos” puede ser una escuela de servicio, fraternidad y amistad, sobre todo en lugares donde existen pocos movimientos juveniles. Además, el grupo de acólitos es un posible camino para hacer entrar a Dios en el corazón del niño o del joven. “…vuestro compromiso en el altar no es sólo un deber, sino un gran honor, un auténtico servicio santo” (Juan Pablo II, 02 de agosto de 2001 – milésima audiencia general).

 

Pero también esta comunidad puede ser una cuna de futuras vocaciones. Nadie negará que la Iglesia ha podido “cosechar” muchas vocaciones dentro de los grupos de acólitos. Como todo cristiano, el acólito está llamado a Anunciar a Jesucristo y a dar testimonio de Él en todas partes, a amarlo y seguirlo toda la vida.

 

El Acólito es servidor y testigo de Jesucristo

 

El acólito es destinado al servicio del altar y ayuda del sacerdote y del diácono”, dice la Introducción General del Misal (nº 65). La palabra ‘clave’ en esta frase es la palabra “servicio”. El acólito está llamado a servir, muy en especial en la celebración eucarística.

 

La palabra “servir” es un término bíblico de mucho contenido e inspira respeto. Aquí no se trata de un servicio esclavizante o humillante, sino un privilegio noble de poder servir. Se trata aquí de “servicio religioso”.

 

Cristo y el prójimo sirven. También la comunidad creyente y el mundo sirven: todos los cristianos están llamados a servir. El acólito tiene el privilegio de expresar y vivir esta vocación en el servicio de la liturgia.

 

Pero de esta nobleza de su función, fluye también el deber de cumplir esta tarea de servicio de una manera constante, digna, alegre y devota. Y eso sólo es posible si conoce bien su tarea.

 

Al mismo tiempo, el acólito es el testigo de Jesucristo. Da testimonio de su fe en Jesús, no sólo dentro de la Iglesia sino en toda su vida: en la familia, en la escuela, en las actividades deportivas, etc. En todas partes se siente orgulloso de ser cristiano e irradia amor hacia el Señor y hacia los demás, a través de todo su comportamiento. Sacará fuerzas del contacto frecuente con los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia, para dar testimonio de Jesús y vivir como Él lo desea. A través de la oración diaria, será capaz de mantenerse fiel al Señor.

 

Sacristán

 

En las celebraciones litúrgicas hay muchos servicios, muchos ministerios a realizar. Algunos son especialmente decisivos, como signos sacramentales de la presencia de Jesús: el ministerio episcopal, o sacerdotal, o diaconal. Otros tienen también un carácter más público, como el ministerio de lector o de acólito oficialmente instituidos. Y otros, finalmente, se realizan con poca o ninguna aparición pública, pero no por ello dejan de ser importantes y necesarios para la comunidad.

 

Entre estos últimos están por ejemplo el sacristán y quienes hacen el aseo del templo. Sin embargo, estos servicios, posibilitan que nuestras celebraciones funcionen, tengan vida, ayuden a la vivencia cristiana de los que participan de ellas.

 

El ministerio de sacristán no es esta una tarea sencilla, ni una tarea sin importancia. Quizá no luzca tanto como otras, pero sin ella sería imposible que nuestras celebraciones pudiesen llevarse a cabo. Y además, según como se realice, las celebraciones podrán ser más significativas o menos, mejor participadas o menos, más agradable o menos… Que la megafonía esté correctamente encendida, que los libros estén a punto, que en la sacristía resulte fácil encontrar las cosas, que la iglesia dé la sensación de limpieza y orden, que en el altar haya flores cuando debe haberlas y no las haya cuando no deba, que a mitad de un bautizo no haya que ir a la sacristía a por los santos óleos… Todo esto, aunque parezcan cosas secundarias, de hecho son fundamentales para que la comunidad pueda celebrar la fe como es debido y pueda sacar el máximo provecho de las celebraciones.

 

Por tanto, el que realiza esta tarea debe vivirla como un servicio valioso a la comunidad. Desde luego, no para darse importancia inútil, pero sí para valorar el propio trabajo, sentir la satisfacción de realizarlo, agradecer a Dios y a la comunidad esa oportunidad de servicio, y esforzarse por realizarlo de la mejor manera posible, tanto en los aspectos más prácticos y técnicos, como en las actitudes y motivaciones profundas.

 

Ser sacristán o sacristana significa mucho más que preparar los libros o los ornamentos, o abrir y cerrar las puertas a la hora correspondiente. Pero no sólo eso. Significa, en primer lugar, tener un determinado espíritu, actuar de una determinada forma. Porque ese espíritu y esa forma de actuar harán que el trabajo concreto sea verdaderamente un trabajo comunitario, cristiano, o sea simplemente un trabajo mecánico, realizado al margen de la comunidad, que cumpliría muy poco su función básica de contribuir a la vivencia y la celebración de la fe.

 

Algunos elementos de ese “espíritu” del buen sacristán pueden ser los siguientes:

 

1- Sentido de la responsabilidad. El sacristán tiene que saber que realmente muchas personas dependen de su modo de hacer las cosas, y que por lo tanto tiene que procurar estar muy atento a todo lo que tiene que hacer, y hacerlo con toda su dedicación y capacidad.

 

2-Conocimientos técnicos. Cada uno sabe lo que es capaz de hacer, y conoce sus propias posibilidades. También, cada uno sabe que hay cosas que, si se lo propone, puede aprenderlas. O que, si no, hay cosas que las puede preguntar, o que puede pedir a otros que le ayuden a hacerlas, o encontrar a alguien que sepa hacer bien algo que el sacristán no sabe o le cuesta hacer. De todos modos, sí hay una seria de conocimientos técnicos que el sacristán será conveniente que tenga, o que por lo menos conozca a alguien cercano que los tenga.

 

3- Formación litúrgica. Para realizar su tarea adecuadamente el sacristán debería conocer un cierto número de cuestiones básicas de la liturgia. Y debería procurar ir aumentando esos conocimientos, porque así realizará su labor con mayor convencimiento y sentido. Sabrá más y mejor los porqués de cada cosa y por tanto le resultará más fácil realizar con mayor acierto todo lo que hace.

 

4- Capacidad para crear un buen clima. Este es un aspecto del espíritu del buen sacristán que habría que prestarle una especial atención, porque el sacristán es, de hecho, un punto de referencia fundamental de la parroquia o iglesia, porque trata con mucha gente y mucha ve su modo de actuar. Y el clima que sea capaz de crear será fundamental para que la gente más habitual de la parroquia se sienta bien en ella, y los que vienen sólo alguna vez por algún motivo concreto se vayan con una buena o mala impresión. Realmente, el sacristán es muy importante, no sólo por el trabajo que hace, sino también por el tono comunitario que da.

 

5- Mostrar, también externamente, su vivencia de fe. Toda la labor del sacristán tiene como objeto hacer que la comunidad celebre su fe de la mejor manera posible. Para ello no basta con tener a punto lo necesario en cada momento. Sino que, precisamente porque todo el mundo le ve como una persona muy dedicada a la iglesia, será necesario que todo lo que haga, su forma de actuar, ayude también a esa vivencia de la fe de la comunidad.

 

En definitiva, de lo que se trata es de vivir la tarea de sacristán como la propia y particular forma de vivir la relación con Dios y el servicio a la comunidad cristiana. Y poner ahí todo el corazón, y pedir a Dios gracia para hacerla bien, y rezar a menudo por todos los hermanos y hermanas cristianos a cuyo servicio el sacristán realiza sus funciones.